"La Plaza ofrece hoy la primera parte de una entrevista del periodista y escritor Rubén Darío Álvarez a Isolina León, un adelanto del libro inédito "Mahates, de tambores y cantos", dedicado a los músicos, compositores y cantantes de la subregión de Mahates, norte del departamento de Bolívar"
Rubén Darío Álvarez

La casa de la cantadora Isolina León está en una de las calles más escondidas del barrio 12 de octubre, del corregimiento de Gamero. Es, al mismo tiempo, una de las vías más castigadas por los rigores de los inviernos, pues, al carecer de pavimento, las corrientes pluviales la llenan de charcos que obligan a los residentes a dotarse de botas pantaneras y a saltar de un seco a otro, para evitar los espejos de agua marrón que se forman desde el comienzo hasta al final.

Ella me lo había advertido telefónicamente, cuando le avisé que pronto la visitaría para una entrevista:
—Pero procure traerse unas botas, porque todo esto está lleno de barro; y el agua no quiere achicarse—, dijo con la voz delgada y la risotada aguda con que acostumbra a acompañar casi todos sus comentarios.

A juzgar por el tono de las expresiones de los habitantes de Gamero, parece que el 12 de Octubre es uno de esos barrios que las comunidades suelen no tener en muy buena estima.
—Buenos días—saludé y pregunté:—¿Podría decirme cuál es la casa de Isolina León?
—Ufffff, mijo, eso está bien refundido —me respondieron con un dejo que se me antojó un tanto burlesco, mientras que, con movimientos de brazos y manos, me indicaron las volteretas que tenía que dar para llegar al barrio, y luego a la residencia de la cantadora.
Efectivamente, a mí también me tocó ejecutar varios saltos hasta que la voz de un vecino me indicó cuál era la vivienda. Pero al mismo tiempo (cuando intenté llegar a la puerta principal) me señaló un portón de caña brava por donde se accede a la cocina y al patio.

Isolina León en su patio

Se trata de un solar extenso en el que podrían construirse hasta tres inmuebles. De hecho, al final de ese lote se está levantando una casa de ladrillos rojos donde vive Katiuska, una de las hijas que Isolina tuvo con Jacinto Estrada Valdez (“El Perci”), su segundo marido.

Ahí en la cocina, que es un rancho de seis horcones que sostienen un techo de palma, estaba la cantadora ataviada con una franela blanca, una sudadera gris y unas botas pantaneras negras; mientras que, en un taburete, recostado a uno de los horcones, estaba el compositor gamerano Luis Guillermo de los Ríos Díaz. Al fondo, caminando entre la hornilla y la mesa de los trastos, permanecía silencioso Víctor Murillo García, el tercer marido de Isolina, a quien ella simplemente llama “Murillo”.

Sin que le pregunte, Isolina me explica que se levantó bien temprano para terminar de achicar el patio, pero que todavía le falta, pues parece que el barrio 12 de Octubre fue levantado sobre varios humedales que rellenaron a punta de zahorra y escombros. Pero en épocas invernales, las aguas brotan como si el terreno llorara recordando su pasado acuífero.

El sector del 12 de Octubre donde vive Isolina se llama La Cooperativa. Allí se estableció hace 23 años, que son los mismos que tiene de ser la voz principal del conjunto folclórico Los soneros de Gamero. Precisamente, con el dinero que recaudó, gracias al éxito de canciones como La tranca, El tun tun y El pirulo, compró el lote sobre el que estamos conversando; y poco a poco, con barro, bahareques, maderas, palmas y láminas de cinc levantó la vivienda donde vive sola con Murillo. A esa casa la conocen en Gamero como “El rancho de La Chole”, que es uno de los apodos de Isolina, a quien también le colgaron el remoquete de “La Chaki”.

Mientras prepara un café tinto, al lado de los fogones donde se están cocinando varios peces de río y una olla con un rimero de toletes de yuca, Isolina me cuenta que ya cumplió 73 años de haber nacido en el barrio El Puerto, al otro extremo de Gamero, casi llegando a la ciénaga que el pueblo comparte con el vecino corregimiento de Sincerin y con Mahates.
“Mis papás fueron Ramón León Cabarcas y Andrea Blanco Torres —continúa—. Él era de San Estanislao de Kostka-Arenal; y ella, de Gamero. Tuvieron trece hijos. Yo soy la séptima. Me bautizaron en San Cayetano y me registraron en Mahates”.

Vaya a saberse por qué, Isolina, mientras se ríe escandalosamente, insiste en repetir la frase, “lo que no se espera, viene”. Se me ocurre que de pronto es para ilustrar el hecho de que jamás en su vida había pensado en ser cantadora. Ni siquiera en los momentos en que se le daba por repetir los cantos que Andrea, su mamá, iba entonando mientras cumplía con las tareas domésticas.

“Uno de esos cantos decía: ‘Tengo un pleito con mi madre/que si lo pierdo me muero/porque ella quiere casarme/ con una que yo no quiero jeeee/El que no que no conoce el tema sufre de engaño/pero yo como lo conozco, ay, soy mucho gallo”.

Dice acordarse claramente que se trata de una de las canciones del repertorio del juglar magdalenense Abel Antonio Villa, quien, al igual que sus colegas Andrés Landero, Luis Enrique Martínez y Alejandro Durán, se escuchaban por todos los pueblos del norte de Bolívar, algo de lo cual no se salvaba Gamero, que ya estaba lleno de tamboreros, cantadores y cantadoras, quienes de un momento a otro armaban parrandas con cueros y pitos, veladas a las que no podían acercarse los niños.

“Yo creo que por eso fue que no me dediqué desde temprano al canto, porque a veces me asomaba en una esquina a ver cómo tocaban los señores mayores, y de pronto se aparecía algún familiar mío (o mi papá) y enseguida me mandaba para la casa. Aunque la verdad, en ese tiempo yo no sabía que tenía buena voz. Lo supe muchos años después, porque cuando estaba niña me ponía a cantar sólo por imitar a mi mamá, que se la pasaba cantando rancheras, boleros, vallenatos y bullerengues por toda la casa”.

Isolina León en su cocina

Unos minutos después de consumido el café tinto, Isolina se me acerca con una bandeja de loza repleta de trozos de yuca y tres arencas fritas, por lo que muy tímidamente le informo que ya desayuné. Pero ella responde casi que en tono de regaño:
—¡No, señor! Se me come todo eso, porque yo no acostumbro a invitar gente a mi casa tan temprano, para no darle desayuno.

Mientras asumo lentamente la bandeja, Isolina comenta que siempre ha sido una mujer alegre, pero de carácter fuerte:
“Siempre me ha gustado ser una persona libre. Y eso se lo he dejado en claro a los hombres que han vivido conmigo. A Murillo, por ejemplo, le informo que voy para Cartagena, pero me da lo mismo si dice que no o si dice que sí, porque de todas maneras me voy. Eso no significa que soy una libertina. Soy muy alegre y fiestera, pero nunca permito que nadie me falte al respeto o se propase conmigo; y mucho menos cuando tengo un compromiso con algún hombre. Pero lo principal es que siempre trato de estar contenta, así esté pasando las peores penurias. Entre más hambre tengo, más bonito canto, porque uno no puede estar mostrando la llevadera”.