Por Julio Olaciregui - "Para Santiago Mutis Durán, festejando sus 70 años de amistad con este mundo"

Nos moveremos siempre entre la memoria y el olvido, es lo que parece decirnos Héctor Rojas Herazo con su novela Respirando el verano (1962). Cuatro páginas antes del final de esta historia o polymito escuchamos la voz del niño Anselmo: “¡No, nunca, nunca olvidaré esta tarde!” (p 224.).

De alguna manera, en su primera novela, Rojas Herazo quiere aprovechar las enseñanzas de los griegos, sobre todo el aspecto mítico de la memoria. De ahí que nos proponga en la trama la relectura incesante de la Ilíada que el abuelo de Anselmo, el viejo abogado Milcíades, un “fanático” de esta obra, impone a su hija Julia, quien desiste de todos sus amores por cumplir con el rol de lectora de Homero.

Nos interesa dilucidar el porqué de la presencia de la Ilíada en Respirando el verano. Sin embargo, antes debemos resaltar el hecho de que esta novela esté dedicada a Gustavo Ibarra Merlano, el gran poeta cartagenero que dio a su generación y a la nuestra una buena “mano de griego y latín”, desempolvando el estudio de los clásicos.

Desde el siglo VIII antes de Cristo estamos hablando de Homero, el ciego aedo no ha sido olvidado. Quizás Héctor Rojas Herazo leyó muy joven, durante un verano, a Homero. Tal vez descubrir que el defensor heroico de la guerra contra Troya se llamaba como él lo marcó para siempre. En la fértil imaginación de la infancia quizás pensó ser la reencarnación, 28 siglos después, de Héctor. Ahora no sería un guerrero sino un escritor nacido frente al mar Caribe. Esta vez se dispondría a referirse a la guerra de sus mayores, la Guerra de los Mil Días, que duró tres años y causó más de cien mil muertos a fines del XIX. Entonces, la convertiría en un motivo del gran fresco de su novela o, si se quiere, en un telón de fondo.

La Ilíada narra un breve episodio del décimo y último año de la guerra de Troya. Cuenta, sin referirse a la totalidad del conflicto, solo unos pocos días de combate. Rojas Herazo hará algo similar al narrar únicamente la invasión de la casa de la familia de Anselmo por 22 militares —“los ladrillos de la casa los levantaron los cachacos cuando llegaron en el ejército de Ospina” (p. 36)— y el episodio donde el tío Jorge participa en aquella guerra que al principio fue “esa alegre aventura en la que entraba todo menos la muerte” (p. 139). En esta escena, que recuerda mucho la acción de uno de los soldados de La Casa Grande de Álvaro Cepeda Samudio, el tío Jorge mata a un hombre con su bayoneta

Nuestro propósito será mostrar cómo Rojas Herazo logra entroncar su ficción con la gran tradición literaria de Occidente. Respirando el verano hará alusión no solo a los griegos sino también a los mitos amerindios, como ese que cuenta lo que significa el Tabaco para los chamanes indígenas.

En la novela se cuenta que el abuelo de Anselmo nunca se desprendía de su ejemplar de la Ilíada. Se paseaba por los corredores de la casa con la traducción de esta epopeya, tal vez la del catalán Luis Segalá y Estalella. En 1901, en plena guerra, lo meten preso y en la cárcel municipal la relee “por vigésima vez” (p. 71). Su cráneo pensativo siempre estaba “repleto de imágenes homéricas” (p.132). Incluso Julia, la hija mayor, consagraría su vida a leerle y releerle episodios al pie de su hamaca… “y se sentaría a oír su lenta destrucción en sucesivos veranos, abanicándose furiosamente, con su sexo intocado y su memoria preñada de citas de La Ilíada”, en el patio de la casa” (p. 57). Desde los doce años ella “declamaba de memoria largas parrafadas” (p. 51) y hablaba de Homero.

Cuando la tropa de los 22 chafarotes invade con todo y caballos la casa, hasta las alcobas, Julia, de cierta manera, les hace frente. Sin quererlo despierta el deseo sexual de un cabo. Luego se burla del teniente después de que este le confiesa que los militares aman tanto a sus caballos que duermen con ellos y le menciona que hasta es posible que quieran tener hijos con las yeguas. “A ese paso —remató Julia— es posible (sintió una oportuna ráfaga de sus lecturas homéricas justificándola, en un solo instante, de sus miles de días al pie de la hamaca de su padre) que los centauros dejen de ser animales mitológicos” (p. 81). Es una escena cinematográfica, como toda la novela, de gran fineza y humor. Rojas Herazo rinde homenaje al goce que nos deparan los múltiples cuentos y personajes de la mitología griega, en este caso los centauros. Nos recuerda que un hombre-caballo de estos, Quirón, fue el gran maestro del guerrero Aquiles, el héroe griego que vence en combate a Héctor.

Respirando el verano representa “la pasión épica” de un escritor del siglo XX. El pensador y novelista antillano Édouard Glissant, en su libro Faulkner, Mississippi (2002), explica que la épica “es y expresa la pulsión de aquellos a quienes une una misma amenaza o una misma derrota en un mismo lugar” (p. 28), es decir que “la derrota [funciona] como llamamiento a la pasión épica” (p. 28). Así, en el contexto de la Guerra de los Mil Días, donde no hubo vencedores, la nación entera perdió la guerra.

El poeta Federico Díaz Granados, en el prólogo a la reedición de la novela, señala con justeza “la resonancia” que ha tenido la obra de Rojas Herazo sobre escritores como Ramón Illán Bacca, Roberto Burgos Cantor, Álvaro Miranda, José Luis Garcés González, Giovanni Quessep, Rómulo Bustos, Gustavo Tatis Guerra, Beatriz Vanegas Athías y John Jairo Junieles, entre otros.