"En un hermoso texto bordado con pinceladas literarias, Efraín Elías Yaber Díaz nos sumerge en una historia que se ramifica en la fiesta de los toros de lidia, la belleza femenina que enloquece a los hombres y los recuerdos de un pensador que no logra quitar de su memoria un momento imborrable de su infancia. Siendo niño, Enrique Luis Muñoz Vélez, nuestro admirado Quique Muñoz, filósofo y embrujador de la palabra, quedó marcado para siempre en un episodio que hoy Yaber Díaz nos regala con sabor a caramelo para los lectores de La Plaza". ¡Olé...!
Efraín Elías Yaber Díaz

Me cuentan que cuando Enrique Luis Muñoz Vélez fue llevado de la mano por su padre, don José Manuel, a quien todos llamaban El Matador, hasta la placita de tientas de la Hacienda Aguas Vivas, propiedad de don Jaime Vélez Piñeres, presintió, aun sin entenderlo, que algo de hondura extraordinaria se estaba fraguando.

Aquella mañana, la tierra, perfumada de petricor, se abrió como un libro húmedo bajo la llovizna menuda que venía cayendo desde antes del amanecer, dejando en los potreros un rocío brillante que, sobre las hojas, más que gotas de agua, parecían lágrimas de alegría.
Y hasta los pájaros callaban a ratos, como si el campo entero se hallara en la muda expectativa de una presencia.

Quique Muñoz y su prima Rocío Hurtado Vélez con Emilio Espinosa y su padre el torero Daniel Hurtado.

Kike, muy tranquilo, se sentó en su rincón de siempre para contemplar a su padre lidiar las novillonas.
Le fascinaba observarlo citar, templar, mandar con esa majestad que parecía detener el tiempo, alargando cada pase hasta volverlo un prodigio de lentitud y de precisión.
Bastaba con verlo ejecutar un forzado de pecho a un suspiro de los pitones para comprender que el arte podía ser también geometría y exactitud.

Pero ese día algo distinto flotaba en los aires, voces que iban y venían con un rumor lejano, mujeres que se apretaban las manos en los corredores, peones que dejaban herramientas a medio camino, intentando ordenar un orden que en su prisa se convertía en desorden.

Y fue entonces cuando la historia se abrió de par en par.

Porque en la arena húmeda apareció una mujer que el mundo del toreo recordaría por siempre, Amina AbdulAziz Hernández, conocida como Amina Assis.

Amina AbdulAziz Hernández, conocida como Amina Assis.

Su sola presencia levantó un coro de suspiros masculinos y un murmullo de inquietud femenina.
Era de una belleza rara, mezcla de árabe y andina, como si la montaña hubiera descendido a encontrarse con el desierto.
Los ojos negros, hondos como oasis, la piel suave, con el color de la canela, de un garbo en el andar, como si el viento mismo le abriera camino.

Se decía que al mirarla se escuchaban campanas de minarete, aunque estuviese en medio del Caribe.

Cuando montó a caballo, la plaza se transfiguró en escenario de mito. Su figura erguida, flotante sobre la montura, parecía un verso vivo.
Los hombres, hechizados, se olvidaron de hablar y de fumar, las mujeres cuchicheaban con recelo, como si presintieran que aquel embrujo podía trastocar el orden de sus hogares.

Y allí, frente a todos, nació la leyenda que recorrería primero las plazas de Medellín y Cali, para luego cruzar océanos y conquistar Sevilla y Lisboa.
La llamaron la Dama del Rejoneo, la primera mujer que osó desafiar al toro desde la grupa de un caballo.

Pero el destino, ese niño travieso que juega con los mortales dispuso un giro imprevisto.
La irrupción del torero Pepe Martín Vázquez.
El sevillano, que por entonces pasaba temporadas en Cartagena de Indias, llegó a la hacienda para visitar a su amigo Jaime Vélez.

Apenas puso un pie en la plaza, vio a Amina y quedó como herido por un rayo, este hombre curtido en toros y mujeres abrió la puerta del ruedo y, como poseído, se adentró en los terrenos de la novilla.
Un silencio heló la plaza. Y entonces Amina, con gesto instintivo, cruzó la grupa de su caballo para protegerlo, como si aquel héroe del toreo no fuera más que un niño imprudente al que había que salvar de sí mismo.

Hoy, con los años encima y la serenidad que otorga la experiencia, Kike me confesó en voz baja, como quien revela un secreto que se arrastra entre las sombras..
Si hubiera sido solo Pepe, todos los hombres que vimos a esa mujer aquel día suspiramos desde entonces con su recuerdo.

De izquierda a derecha: Ignacio Camacho, Simón Prada, Daniel Bonfante , Anita Osorio, Daniel Hurtado y el Matador Muñoz, trajeado a la Cordobesa, en la Escuela Taurina Granada, 1934.

Tiempo después, ya en Sevilla, Pepe relató en confianza a su amigo y figura de moda, el gran Juan Belmonte, que en Cartagena de Indias había conocido una rejoneadora de garbo y belleza insólitos, destinada a ocupar cartel en la Maestranza.
Y aquellas palabras despertaron la curiosidad del Maestro.

Sevilla, aquella tarde de sol inmóvil y clarines de oro, vio compartir al trianero el ruedo con una figura insólita para los ojos españoles, Amina Assis, nacida en las montañas de Antioquia, hija de un Palestino errante, que huyó del desierto y de una campesina que conocía el rigor de la siembra y la cosecha.
Traía la sangre dividida en dos músicas, el lamento lejano del laúd y el trote firme de las mulas cafeteras.

Montaba a caballo como quien danza, y cuando alzó el rejón frente al toro negro de Miura, la plaza entera quedó en silencio, como si un presagio hubiese irrumpido en el ruedo.
Cuando la faena concluyó y el toro rodó sobre la arena ardiente, no fue el público quien quedó vencido, sino Belmonte mismo.

Allí, en el estribo de su gloria, se descubrió hombre y no mito, al ver a aquella mujer nacida de montañas y desiertos, que sobre su caballo parecía bordar con luz el aire de Sevilla.
Belmonte, que había domado la muerte con la lentitud de su capote y muleta, se encontró balbuciente, babeado de asombro, contemplando a Amina Assis como quien mira una revelación.

Y en la plaza, entre los silencios y los bronces, quedó flotando un verso sin dueño, como si lo hubiera dejado Machado en la penumbra de un tendido..
«Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar..»

Así se cerró aquella tarde sevillana, con Belmonte rendido a una mujer imposible, y la Maestranza guardando para siempre el secreto de esa faena.

Amina Assis, belleza levantina que se hundió en un silencio sin remedio

El mito corrió por los corrillos de la tauromaquia.
Durante años se murmuró que Belmonte, incapaz de arrancarse del alma aquella belleza levantina, se hundió en un silencio sin remedio.

Algunos, con aire de sentencia, afirmaban que el día en que apretó el gatillo lo hizo porque Amina nunca aceptó sus proposiciones.
Quizá nunca sabremos si lo de Belmonte fue verdad o leyenda.
Lo cierto es que, en la memoria de Kike y en la voz de los viejos taurinos que lo cuentan entre vinos y nostalgias, la imagen de aquella mujer permanece intacta, la de un amor imposible que atravesó fronteras, plazas y hasta la vida misma.

Y quizá ahí esté la enseñanza, que existen bellezas que no se poseen, amores que nunca se alcanzan y recuerdos que nos acompañan hasta la última hora.
Porque, al fin y al cabo, la vida no se mide solo por lo que logramos tener, sino también por aquello que nos fue negado y, aun negado, nos arrancó un suspiro eterno.