Aún estamos a tiempo de hacer en turismo lo que debió hacerse hace años: ordenar la casa, garantizar autoridad, planificar, capacitar talento humano, formalizar a los trabajadores del sector, crear la Secretaría de Turismo. Esta última la he propuesto en varias columnas argumentando que es herramienta indispensable para ejercer autoridad y poner en marcha normatividad precisa para el turismo, actividad que debe sustentarse en historia y cultura local, el patrimonio material e inmaterial y los atractivos con que cuenta la ciudad, entre ellos mar, playas, islas, manglares de La Boquilla, Jardín Botánico de Matute, flora y fauna del canal del Dique, circuitos barriales, que deben integrarse a la oferta para visitantes.
La falta de autoridad y de reglas claras y precisas sobre el servicio turístico ha llevado a una situación extremadamente preocupante, que podría escalar hasta niveles muy difíciles de resolver. La muestra más fehaciente del problema es la degradación a que ha llegado el Centro Histórico, convertido en un gran burdel con promoción nacional e internacional y utilización de menores de edad en esa red de envilecimiento. También, una típica “olla” en la que se expenden y consumen drogas livianas y pesadas. Como si no bastara, la inseguridad crece, abruma el desorden, la bulla, la suciedad y la informalidad. Esta realidad está minando a Cartagena como destino turístico, aunque los turistas sigan llegando.
No es todo, y por el contrario, hay otros factores de gran impacto que golpean la imagen de la ciudad: falta de cultura turística, abuso con los precios y atropello a turistas nacionales y extranjeros en la zona insular, con énfasis en Playa Blanca, que pudo convertirse en verdadero paraíso para el disfrute del ocio en un ambiente marino singular, pero se malogró con malas prácticas del servicio al visitante.
Cartagena lo tiene todo para ser un destino de primer nivel, pero lograr turismo del más alto perfil requiere toma de decisiones. Somos ciudad mundo, joya patrimonial, espacio de magia universal cuyo capital humano debe crecer en valores y conocimientos. El turismo puede ser motor económico pero también elemento depredador si se deja actuar al libre albedrío, si no se imponen reglas a quienes ofrecen el servicio turístico y por supuesto a los visitantes. La permisividad que ampara conductas inadecuadas no puede ser regla que guía, porque desvirtúa el principio de autoridad, del respeto y la convivencia, lo que ha venido ocurriendo en Cartagena. Si el turismo no se encausa ahora, mañana sería demasiado tarde.

