
El día que Antonio Liñán llamó a Enrique Luis Muñoz Vélez, para desearle pronta recuperación, y asegurarle que en tres días lo visitaba en la clínica, él, también, estaba recluido en un centro hospitalario de Cartagena. Pero, pese a los quebrantos de salud, la voz de Antonio era la de un hombre lleno de vida, que le pedía al interlocutor fortaleza para salir de la dificultad que vivía. Además, le aseguró que a más tardar en tres días lo visitaba en su lecho de enfermo.
La seguridad, como se expresaba, llevó a Enrique a imaginárselo entrando a la habitación, con una sonrisa espléndida, y reiterándole que seguro que pronto le darían salida de clínica. Sin embargo, al día siguiente de la llamada, Antonio murió.
De su muerte dice Enrique, citando al novelista Alfonso Bonilla Naar, que lo mató la vida.
La noticia laceró lo más profundo de sus sentimientos, con razón, la de ellos era una amistad, cimentaba desde los tiempos de estudiantes de bachillerato, que los había convertido en hermanos. Es que Toño, como lo llama Enrique, era un hombre de manos llenas y extendidas hacia el prójimo, leal, buen consejero, pese a la vida desordenada que llevó, y un promotor de los logros de Muñoz Vélez como escritor, investigador, músico, filósofo y académico.

Esa cercanía era la que impulsaba a Antonio a indicar que escribiría la biografía de su amigo; además, como aseguraba que moriría después de su colega de profesión, redactaría una nota luctuosa. Enrique indica que ambos textos hubieran sido bien escritos, porque conocía de su intelecto, de su capacidad para redactar cualquier texto. Este era capaz de recitar trozos de poemas de Lorca, El Tuerto López, Neruda, Borges, Guillen; también de recordar y expresar discursos de Fidel Castro.
Pese a que Antonio era reiterativo en sus afirmaciones, Enrique, distinto a lo que sucedió entre Escalona y Jaime Molina, jamás se comprometió a escribirle un mensaje necrológico si ocurría lo contrario a lo afirmado por su amigo; sin embargo, ambos sabían que sucedería, porque Muñoz Vélez desde los 12 años lo hace en los sepelios de sus amigos, como lo hizo en el de su padre, el Matador Muñoz, en el de dos de sus hermanas, aunque le resultó imposible en el de su mamá,

Esta es una vocación heredada de su padre quien, por años, además de peluquero, torero y escritor experto en tauromaquia, se dedicó a escoger con tino las palabras para enaltecer la vida del fallecido, y de transmitir un sentimiento de dolor por el hecho, conmoviendo a los deudos y demás personas presentes en el funeral.
Hoy a Enrique le preocupa que en su familia no haya una persona interesada en mantener la tradición que comenzó con su padre. Además, considera que el día que muera no habrá quien lea un obituario al lado de su tumba. Porque, señala, para entonces esta antigua costumbre será reemplazada por la de escribir pequeñas notas en los recordatorios que ubican en las salas de velación.
Enrique, pese a los quebrantos de salud, salió de la clínica para acompañar a Antonio hasta su última morada, y venciendo su tristeza, expresó las palabras con la que le dijo adiós a su amigo de siempre.


